Tratado del Viento (Códice del Inquilino)


Artículo I: De la Naturaleza del Aire

El viento es el único dueño de esta casa alquilada.

Entra por las rendijas, mueve las cortinas prestadas,

y se lleva el polvo de nuestros pasos provisionales.

Yo soy ese aire sin escritura de propiedad:

un soplo que ha aprendido a silbar en las escaleras,

a reconocer el crujido de la tercera grada,

el olor a cloro del pasillo a las ocho de la mañana.

Aquí nada es nuestro, excepto la dirección del suspiro.


Artículo II: De los Animales que Son Testigos

El gato del vecino nos observa desde el descansillo.

Él sí tiene territorio: una alfombra, un placo de cerámica.

Nosotros tenemos maletas semivacías

y un perro que sueña con correr en un patio que no existe.

El gallo lejano, detrás de la tapia de la fábrica,

canta para un amanecer que no nos pertenece.

Ellos son los guardianes de este interín,

los únicos que no preguntan “¿hasta cuándo?”.


Artículo III: De la Libertad y la Impermanencia

Ser libre es saber que puedes irte sin dejar rastro.

Que el depósito no se devuelve, que las paredes guardarán

el eco de nuestras discusiones sobre el futuro,

pero no nuestras fotos. Viajamos con lo mínimo:

unas macetas con geranios que sobreviven al alféizar,

la frazada que abriga nuestros pies en el sofá prestado,

el compromiso de que, aunque el techo sea ajeno,

el nudo de las manos es escritura notariada.


Artículo IV: De la Economía del Paso

No construimos cabañas. Pagamos recibos.

Ahorramos sueños en una alcancía de lata

que tiene el sonido de las monedas de la paciencia.

El otoño llega igual a este balcón de cemento:

hojas secas que no son de nuestro árbol,

viento que no elegimos, pero que compartimos.

Nuestra meta no es un título de propiedad,

sino la certeza de que, mientras buscamos suelo,

el cielo que nos cubre es el mismo.


Artículo V: De las Flores y los Abrazos

Trajimos un jarrón de barro. Lo llenamos con margaritas

compradas en el puesto de la esquina. Morirán en siete días.

Así son nuestros abrazos en este cuarto alquilado:

frágiles, urgentes, necesarios. Nos aferramos

como las enredaderas que trepan por la fachada ajena,

buscando luz entre el ladrillo y la grieta.

No tenemos jardín, pero tenemos este instante preciso

en que tu pelo huele a viento y a shampoo barato,

y eso es un tipo de hogar.


Artículo VI: De la Tangibilidad de lo Intangible

Nuestro hogar no está en los cimientos, sino en la costumbre.

En cómo dejamos las llaves en el plato de peltre,

en la mancha de café en el formulario de solicitud de crédito,

en el rincón donde el perro apoya su hocico cuando llueve.

No hemos plantado árboles, pero hemos plantado miradas

que echan raíces en el aire entre nuestras camas.

Construimos con el material más ligero y resistente:

la promesa de que, cuando por fin encontremos la tierra,

la primera semilla será este cansancio compartido,

esta espera a dos voces, este viento doméstico

que ya sabe de qué lado de la cama dormimos.


Epílogo: Del Hogar Portátil

Somos inquilinos del tiempo y de este apartamento,

pero no de este camino que pisamos con los mismos zapatos

llenos del polvo de las mismas aceras.

El gallo canta, el gato observa, el perro suspira,

las flores se marchitan, los abrazos se repiten,

el viento entra sin pagar renta.

Y nosotros, aquí, aprendiendo que el hogar

no es un lugar al que se llega,

sino una dirección que se inventa cada noche

al decir, frente a la puerta que no es nuestra:

“Pasa. Por ahora, esto es todo.

Y todo es suficiente.”


Este tratado se escribe con lápiz,

en el margen de un contrato de alquiler,

porque lo que permanece no es lo que está fijo en las paredes,

sino lo que se mueve, sopla y respira

entre dos seres que pagan con sueños

la renta de un futuro aún no construido.

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