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  Códice del Agradecimiento Ácido y Verdadero Te agradezco con el mismo veneno dulce con que llegaste a mi vida: sin aviso, sin red, sin cursilería. No viniste con ramos de flores retóricas, sino con un fardo de verdades mal envueltas, con el olor a café recalentado y sinceridad a las 3 a.m. Llegaste pintando de gris mis certezas en technicolor. Donde yo veía un camino recto, trazaste un laberinto y me diste un lápiz para anotar en las paredes: “Aquí te equivocaste. Aquí fuiste ingenuo. Aquí creíste que el amor era un poema, y sólo era un contrato con cláusulas escritas en letra microscópica.” Tu sarcasmo fue el ácido que limpió el óxido de mis ilusiones baratas. Esas frases afiladas, cortantes como cristal roto, que decías con la sonrisa torcida de quien sabe que está dando medicina, no veneno. Apretaste donde dolía y me obligaste a mirar la infección. No hubo algodones, ni paños tibios. Probé el bisturí de tu ironía, preciso y despiadado, abriendo en canal mis autoengaños para sa...
 Códice de la Esperanza y el Reencuentro I. De la Arquitectura Invisible La esperanza no se construye con ladrillos, sino con memorias compartidas. Es la columna vertebral que permanece cuando la casa de la certeza se desmorona. Nosotros, arquitectos de lo efímero, aprendimos: el hogar no son cuatro paredes, sino el círculo que forman los cuerpos al reunirse, el eco de las mismas anécdotas contadas en voces distintas, el mapa de manos que se buscan en la penumbra sin necesidad de brújula. II. Del Reencuentro como Estación El reencuentro no es un puerto final, sino una estación de paso donde los trenes de nuestras vidas convergen por un instante preciso. Llegamos con maletas marcadas por kilómetros de silencio, con abrigos que aún huelen a otras ciudades, con miradas que deben re-aprender el lenguaje familiar. Y sin embargo, al abrazar a la madre, al padre, al reconocer en la sobrina los gestos prestados del abuelo, entendemos: la sangre no es un río, es un océano subterráneo que fl...
 Tratado del Viento (Códice del Inquilino) Artículo I: De la Naturaleza del Aire El viento es el único dueño de esta casa alquilada. Entra por las rendijas, mueve las cortinas prestadas, y se lleva el polvo de nuestros pasos provisionales. Yo soy ese aire sin escritura de propiedad: un soplo que ha aprendido a silbar en las escaleras, a reconocer el crujido de la tercera grada, el olor a cloro del pasillo a las ocho de la mañana. Aquí nada es nuestro, excepto la dirección del suspiro. Artículo II: De los Animales que Son Testigos El gato del vecino nos observa desde el descansillo. Él sí tiene territorio: una alfombra, un placo de cerámica. Nosotros tenemos maletas semivacías y un perro que sueña con correr en un patio que no existe. El gallo lejano, detrás de la tapia de la fábrica, canta para un amanecer que no nos pertenece. Ellos son los guardianes de este interín, los únicos que no preguntan “¿hasta cuándo?”. Artículo III: De la Libertad y la Impermanencia Ser libre es saber q...
 Tratado del Viento (Códice del Pastor de Ráfagas) Artículo I: De la Naturaleza del Viento El viento no es fuga. Es el aliento del horizonte. Lleva consigo semillas de montañas lejanas y el polvo sagrado de los caminos no andados. Yo fui ráfaga descalza: recorrí llanuras buscando mi nombre en ecos de cañadas. Hasta que supe: el viento con sabiduría es el que modela rocas sin partirse, acaricia trigales sin doblegar espigas, y canta en la chimenea sin apagar el fuego. Artículo II: Del Perro, el Gallo y la Impaciencia El perro huele el viento antes de que llegue. Lo sabe por el temblor del pasto seco, por el cambio en la sombra de los pinos. El gallo no canta al amanecer: canta contra la noche, afirmando el territorio de la luz con cada clarinazo. Yo carecía de ese instinto certero. Quise apurar los amaneceres, ordeñar tormentas en vasos de papel, construir diques contra mareas que aún no llegaban. El perro me enseñó a esperar con el cuerpo alerta, el gallo a marcar el tiempo sin ang...
  Tratado del Viento y la Persistencia  (Cerro de pasco, Perú ) Esta libertad huele a tierra mojada y a gato que regresa con las patas húmedas de rocío. No es la libertad del vuelo sin mapa, sino la del surco que decide ser río, la del sendero que se bifurca hacia adentro. La paciencia no es virtud aquí: es musgo que crece lento en la piedra del orgullo. Yo, que aprendí a contar los segundos como monedas gastadas en invierno, ahora observo cómo el otoño desprende las hojas sin un solo arrepentimiento. Así debería soltar yo lo que ya no sirve: las cuentas mal llevadas, los planes que se oxidaron en el bolsillo de un abrigo viejo. Ella, en cambio, entiende el lenguaje de lo sutil: sabe por qué el gato frunce el hocico al viento, lee en las nubes bajas un pronóstico exacto, interpreta el silencio de los pájaros al atardecer. En su mirada hay un almanaque antiguo y una brújula que señala siempre hacia donde el horizonte se hace camino. Hemos aprendido, a fuerza de equivocaciones, ...
 Códice Lunar para fecha  ( 1992 ) Eres el año del mono de metal, la huella digital del tiempo en la muñeca del río. Naciste cuando el siglo, cansado, se despojaba de su armadura oxidada y buscaba un nido en la carne sensible. Tu código tiene un verso suelto, una línea de polvo de estrellas que se instaló en tu clavícula izquierda,  en 1992. Administras el caos con manos de seda, organizas los silencios, los sueños, las cuentas que deben pagarse los jueves. Tu agenda, un bestiario amoroso, tiene anotado en tinta invisible: “Sostener los mundos sin que se note el esfuerzo”. Eres la geógrafa de los afectos, la que cartografía con paciencia de relojera el territorio íntimo: esposo, padres, sobrin@s. Tu responsabilidad es un artefacto antiguo, una brújula que señala siempre el norte interior de los que son tu constelación. En tu delicadeza hay una arquitectura de raíces que tejen redes en la sombra, de telarañas que sujetan relojes descompuestos. Entrega no es la palabra: es ...

Anatomia de un caSUal o caUSal encuentro

Feeling, Amistad o ambas, inclusive, un primero, la segunda, se verá en el transcurso de los ocasos, de esos días que están por venir a morir a la orilla de cada tarde. Ya se verá que sobrevive. A quien alimentaremos más. Quien se inclinara a un lado o a otro, mientras un extraño equilibrio tenso se cierne sobre un estatus extraño que aún no se tenía que definir, nadie da un paso, pues ninguno quiere romper el statu quo