Tratado del Viento (Códice del Pastor de Ráfagas)
Artículo I: De la Naturaleza del Viento
El viento no es fuga. Es el aliento del horizonte.
Lleva consigo semillas de montañas lejanas
y el polvo sagrado de los caminos no andados.
Yo fui ráfaga descalza: recorrí llanuras
buscando mi nombre en ecos de cañadas.
Hasta que supe: el viento con sabiduría
es el que modela rocas sin partirse,
acaricia trigales sin doblegar espigas,
y canta en la chimenea sin apagar el fuego.
Artículo II: Del Perro, el Gallo y la Impaciencia
El perro huele el viento antes de que llegue.
Lo sabe por el temblor del pasto seco,
por el cambio en la sombra de los pinos.
El gallo no canta al amanecer: canta contra la noche,
afirmando el territorio de la luz con cada clarinazo.
Yo carecía de ese instinto certero.
Quise apurar los amaneceres,
ordeñar tormentas en vasos de papel,
construir diques contra mareas que aún no llegaban.
El perro me enseñó a esperar con el cuerpo alerta,
el gallo a marcar el tiempo sin angustia,
a entender que la paciencia no es pasividad,
sino vigilancia activa del momento justo.
Artículo III: De la Libertad y los Caminos
Caminar no es escapar. Es trazar círculos concéntricos
que siempre regresan al centro elegido.
La libertad verdadera conoce el olor de su propio establo,
la textura de su tierra bajo las botas.
Desande sendas que solo conducían a espejismos,
horizontes que se alejaban como fantasmas.
Ahora comprendo: el viaje más profundo
es echar raíces en un pedazo de mundo
y descubrir que desde allí se abren todos los caminos.
Artículo IV: De las Metas y el Otoño
El otoño no es muerte. Es economía sagrada.
Podadora implacable que corta lo superfluo
para concentrar la savia en lo esencial.
Así son los objetivos que valen la pena:
no banderas clavadas en cumbres ajenas,
sino surcos paralelos abiertos en el mismo campo.
Con ella, aprendí la poda compartida:
cortamos zarzas de egoísmo,
injertamos esperanzas compatibles,
y esperamos la cosecha lenta
que alimenta lo que trasciende.
Artículo V: De la Economía de la Tierra
Malbaraté cosechas en mercados de humo.
Confundí el brillo del oropel con el valor del grano.
La escasez fue mejor maestra que la abundancia:
me enseñó el peso exacto
de una mano en el hombro al caer la tarde,
de un proyecto sembrado a dos surcos,
de un mañana que se construye
con adobes de presencia, no de promesas.
Hoy nuestra riqueza es una troja modesta
donde cada medida tiene el nombre de un esfuerzo cumplido.
Artículo VI: De lo Efímero y la Labranza
La vida es una estación entre dos eternos inviernos.
Por eso bendigo lo concreto:
el poste de la cerca hincado al mediodía,
la palabra cumplida antes de la noche,
el surco abierto codo con codo.
No más castillos en el aire.
Prefiero el cobertizo de madera
que levantamos hoy, con callos y certezas,
y que esta noche nos resguardará del viento
que una vez creí mi dueño
y hoy reconozco como compañero de labranza.
Epílogo: Del Viento Domesticado por el Compromiso
Sigo siendo viento. Pero ahora
tengo un valle que me contiene sin enjaular,
un ritmo cardiaco que marca mi soplo,
una geografía humana que responde
a mis silbidos con maullidos de bienvenida
y cantos de gallo que afirman el amanecer compartido.
El viento libre no es el que no encuentra vallados,
sino el que elige alrededor de qué hogar
quiero danzar mi eterno movimiento.
Y he elegido rodear su fuego,
polinizar su huerto,
y sembrar, con cada partida,
la certeza del regreso.
Este tratado no se escribe en pergamino,
se graba con pisadas
en el camino que va del yo al nosotros,
sin perder el ritmo ancestral del horizonte,
pero habiendo encontrado, al fin,
un norte que huele a pan recién horneado
y suena a puerta que siempre cede al empujón familiar.
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