Códice Lunar para fecha (1992)
Eres el año del mono de metal,
la huella digital del tiempo en la muñeca del río.
Naciste cuando el siglo, cansado,
se despojaba de su armadura oxidada
y buscaba un nido en la carne sensible.
Tu código tiene un verso suelto,
una línea de polvo de estrellas
que se instaló en tu clavícula izquierda, en 1992.
Administras el caos con manos de seda,
organizas los silencios, los sueños,
las cuentas que deben pagarse los jueves.
Tu agenda, un bestiario amoroso,
tiene anotado en tinta invisible:
“Sostener los mundos sin que se note el esfuerzo”.
Eres la geógrafa de los afectos,
la que cartografía con paciencia de relojera
el territorio íntimo: esposo, padres, sobrin@s.
Tu responsabilidad es un artefacto antiguo,
una brújula que señala siempre
el norte interior de los que son tu constelación.
En tu delicadeza hay una arquitectura
de raíces que tejen redes en la sombra,
de telarañas que sujetan relojes descompuestos.
Entrega no es la palabra: es la ceremonia
de desplegar tu alma como un mantel
para que tu familia coma luz.
Guardiana del fuego doméstico,
tus detalles son cartografías:
el café que sabe a madrugada compartida,
la ventana abierta para que entre el aire nuevo,
el regazo dispuesto para la sobrina que busca fábulas.
Eres el algoritmo que resuelve
cómo repartir un solo corazón
en pedazos que laten por separado
sin dejar de ser santuario.
Mujer-puente, mujer-archivo,
llevas 1992 tatuado en el aura:
fecha-llave, año-crisálida.
Mientras duermen los tuyos,
te desintegras en servicio amoroso
y te reconstruyes al alba
con los fragmentos de luna
que encontraste barriendo la madrugada.
Eres el misterio práctico,
el poema que no se escribe
porque se vive en voz baja,
en gesto sostenido,
en la entrega que teje su nido
en el presente continuo.
No pides clemencia,
solo guardas, en el bolsillo del delantal,
un instante de eternidad
que sepa a semilla recién mojada
y a apellido compartido,
a raíz que florece sin dejar de ser sostén.
perdón por la Tardanza
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