Tratado del Viento y la Persistencia (Cerro de pasco, Perú)
Esta libertad huele a tierra mojada y a gato que regresa
con las patas húmedas de rocío.
No es la libertad del vuelo sin mapa,
sino la del surco que decide ser río,
la del sendero que se bifurca hacia adentro.
La paciencia no es virtud aquí:
es musgo que crece lento en la piedra del orgullo.
Yo, que aprendí a contar los segundos
como monedas gastadas en invierno,
ahora observo cómo el otoño
desprende las hojas sin un solo arrepentimiento.
Así debería soltar yo lo que ya no sirve:
las cuentas mal llevadas, los planes que se oxidaron
en el bolsillo de un abrigo viejo.
Ella, en cambio, entiende el lenguaje de lo sutil:
sabe por qué el gato frunce el hocico al viento,
lee en las nubes bajas un pronóstico exacto,
interpreta el silencio de los pájaros al atardecer.
En su mirada hay un almanaque antiguo
y una brújula que señala siempre
hacia donde el horizonte se hace camino.
Hemos aprendido, a fuerza de equivocaciones,
a hacer economía de esperanzas:
cada sueño se pesa, se mide, se siembra
en el huerto reducido de lo posible.
Ya no viajamos para huir,
sino para encontrar la ruta exacta
que une dos voluntades en una sola meta.
Nuestro mapa se dibuja con trazos firmes ahora,
cada hito un compromiso cumplido,
cada desvío, una lección compartida.
El viento nos recuerda lo efímero:
arrastra las hojas secas, borra huellas,
silba entre los alambres una canción de paso.
Por eso apretamos las manos sobre los proyectos,
sobre las semillas que debemos plantar hoy,
porque el mañana es un frágil cristal de escarcha.
No hay más tiempo para promesas suspendidas.
La vida es este campo abierto,
este gato que ronronea en el porche,
esta meta que crece como el trigo:
lenta, tangible, dorada.
Y nosotros, aprendices del tiempo,
cosechando los minutos uno a uno,
convirtiendo el viento en impulso,
el otoño en raíz,
y el amor en acción concreta
que echa andar hacia el invierno,
cargando entre los dos
el equipaje ligero de lo esencial.
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